Dando una ojeada al pasado, el concepto ciencia ha evolucionado y comprobado como las notas o atributos (Globalización) que hoy se nos ofrece han sido conquistados paulatinamente. En primer lugar, no se puede dejar a lado la etimología de la ciencia; lo referido nos da la autenticidad de la palabra originaria, pero también, a través de ella, la auténtica realidad (naturalmente recuerden que no existe una verdad absoluta). El término ciencia proviene del latín “scientia” que significa conocimiento, palabra que a su vez procede de “scio”, que significa conocer.
Uno de los autores del libro, Wartofsky, distingue a la ciencia como un cuerpo organizado y sistemático de conocimientos y como una actividad.
…” La ciencia posee no solo una estructura, sino también una función… no solamente es un cuerpo de conocimientos… sino también un complejo de actividades y funciones dirigidas a un fin”.
Resumiendo, actividad y resultado vienen a ser la cara de una misma moneda a la que se denomina ciencia. Entonces surge otra pregunta. ¿Qué es lo que pretende la ciencia? Simplemente la formulación de leyes de alcance universal, que expresan sus propiedades y sucesos tras una investigación científica sustentable.
Sin embargo la filosofía también tiene tema aquí; el factor inicialmente determinante de la ruptura del conocimiento científico (clasificaciones científicas) fue la necesidad de separar la filosofía de la ciencia, cuestión que antes era irrelevante pero ahora fue urgente. Reforzando la idea, otro autor, Bunge, aclara:
…”sería insensato insistir mucho en el problema de la clasificación de las ciencias que en otro tiempo fue pasatiempo de los filósofos y hoy no pasa de ser una impertinencia para la administración de la actividad científica”.
El tema de la clasificación de las ciencias o la ruptura del pensamiento científico no es un tema moderno, sus precedentes ya se remontan a la Grecia Clásica. Otro más de los autores, Rickers, recuerda al famoso Kant con la distinción entre la naturaleza y la cultura, la cual especifica:
…”La naturaleza es el conjunto de las cosas producidas por sí mismas y abandonadas a su propio desarrollo. Frente a ella, la cultura representa lo producido directamente por el hombre, lo cultivado en vista de valores…”
Esto quiere decir que la distinción entre la ciencia de la naturaleza y la ciencia de la cultura, o la ciencia del espíritu, solo son puntos de vista o perspectivas distintos que contemplan una misma realidad y no son realidades diferentes.
Entonces, ¿Cuál es el fin de estas clases de ciencias? La ciencia cultural lo que hace es estudiar la realidad natural, pero en tanto en cuanto dicha realidad es un trasunto de su significación valiosa. Desde esta perspectiva, la ciencia cultural y natural se fundamenta en el hecho de que la primera se agota sencillamente en el conocimiento de la realidad y su compromiso axiológico; la ciencia cultural, por otro lado, tiene un compromiso axiológico doble: ha de ser verdadera, tiene significación en el sentido de ser útil para la realización de un valor.
Las Relaciones Públicas tienen ese añadido de incorporar un valor a las relaciones humanas – grupales e intragrupales – a través de los procesos de comunicación genéricos en todas sus dimensiones.
Concluyendo, y para no dejar capas invisibles en la idea, la axiología o la filosofía de los valores es la rama de la filosofía que estudia la naturaleza de los valores y los juicios valorativos; en ese sentido, las Relaciones Públicas como disciplina cultural y valorativa implica su realización práctica en traducir siempre su compromiso axiológico, caso contrario, no hablaríamos certeramente de Relaciones Públicas.
